¿Discutes por lo que te cuentas o por lo que realmente sucede?
Casi nunca discutimos por lo que creemos.
- Discutimos con nuestra pareja porque no nos escucha.
- Con un compañero de trabajo porque no cumple.
- Con un amigo porque no nos tiene en cuenta.
- Con un familiar porque siempre hace lo mismo.
Pero ¿y si el verdadero motivo de nuestras discusiones no fuera lo que hace el otro, sino lo que nosotros interpretamos de lo que hace?
Los conflictos suelen empezar con un hecho y crecen con una interpretación.
· Alguien no nos saluda y pensamos que nos ignora.
· Un compañero cuestiona nuestro trabajo y sentimos que pone en duda nuestra capacidad.
· Nuestra pareja olvida algo importante y concluimos que no le importamos.
El hecho es uno.
La historia que construimos alrededor puede ser completamente distinta.
A partir de ahí, dejamos de intentar comprender y empezamos a defendernos.
Ya no escuchamos para entender, sino para encontrar argumentos con los que demostrar que tenemos razón.
Y entonces aparece otro ingrediente: el orgullo.
Reconocer que quizá hemos interpretado mal una situación, nos cuesta. De hecho, es más fácil señalar el error del otro que revisar nuestras propias conclusiones.
También discutimos porque esperamos que los demás piensen, sientan y actúen como nosotros. Confundimos nuestra manera de ver el mundo con la única manera correcta de verlo.
En el trabajo, esto deteriora la confianza y dificulta la colaboración.
En las relaciones personales, genera distancia, resentimiento y silencios que, con el tiempo, pueden convertirse en muros.
El problema no es que pensemos diferente, sino que interpretemos la diferencia como una amenaza.
¿Significa esto que debemos evitar los conflictos?
En absoluto.
Hay situaciones en las que es necesario poner límites, expresar desacuerdos y defender nuestros derechos, pero podemos hacerlo sin convertir cada diferencia en una batalla.
La próxima vez que sientas que una conversación empieza a convertirse en una discusión, prueba a detenerte un instante y preguntarte:
· ¿Qué ha ocurrido realmente?
· ¿Qué estoy interpretando?
· ¿Qué necesito comprender antes de responder?
Quizá descubras que no necesitas ganar todas las discusiones.
Necesitas aprender a distinguir entre lo que sucede y lo que tu mente te cuenta sobre lo que sucede.
Porque, a veces, para mejorar una relación no hace falta cambiar al otro, sino revisar la historia que nos contamos sobre él.
Y tú, cuando discutes, ¿intentas comprender al otro o demostrar que tienes razón?