Cada vez estamos más cerca de todos… y más lejos de los demás
Nunca hemos tenido tantas formas de comunicarnos.
Podemos hablar con alguien que está a miles de kilómetros en cuestión de segundos. Tenemos grupos de WhatsApp, redes sociales, videollamadas, mensajes de voz… Sin embargo, cada vez parece más difícil sentirnos realmente cerca de alguien.
Somos seres sociales, necesitamos pertenecer, compartir, sentirnos vistos y escuchados pero algo está cambiando: hablamos mucho, y nos contamos poco. Estamos conectados, pero no necesariamente acompañados.
¿Por qué?
Uno de los motivos más frecuentes es que hemos aprendido a protegernos.
Mostrar lo que realmente sentimos implica exponernos.
Decir «esto me ha dolido», «tengo miedo», «necesito ayuda» o «no estoy bien» nos hace vulnerables por lo que, muchas veces, resulta más sencillo hablar del tiempo, del trabajo, de lo que ha pasado hoy… que hablar de lo que realmente nos está pasando.
También están las prisas.
Vivimos con la sensación de que siempre tenemos algo pendiente. Escuchamos mientras miramos el teléfono, conversamos mientras pensamos en lo siguiente que tenemos que hacer.
Estamos presentes físicamente, pero muchas veces ausentes emocionalmente.
El trabajo también se mete en nuestras relaciones
Llegamos a casa después de un día complicado y llevamos con nosotros el cansancio, la frustración y las preocupaciones.
Entonces ocurre algo curioso: podemos dedicar nuestra mejor versión a personas que apenas conocemos y reservar nuestras peores respuestas para quienes más queremos.
En el trabajo intentamos mantener las formas. En casa, bajamos la guardia, y aquello que hemos contenido durante horas puede acabar saliendo precisamente con nuestra pareja, nuestros hijos o nuestra familia.
No porque les queramos menos, sino que la mayoría de las veces porque nos sentimos lo suficientemente seguros como para dejar de contenernos.
Y después está la familia.
Las relaciones familiares tienen una dificultad añadida: creemos que conocemos demasiado bien a los demás.
§ «Ya sé cómo es…»
§ «Siempre hace lo mismo...»
§ «Es imposible hablar con él...»
§ «Mi madre nunca va a cambiar...»
La cuestión es que cuando dejamos de mirar al otro como alguien que puede sorprendernos, dejamos también de escucharle de verdad.
Quizá uno de los mayores problemas de nuestras relaciones no sea que hayamos dejado de querernos, quizá sea que hemos dejado de interesarnos por descubrir quién es la persona que tenemos delante.
§ Seguimos hablando con ella, pero desde la imagen que tenemos de ella.
§ Seguimos escuchándola, pero preparando nuestra respuesta.
§ Seguimos conviviendo, pero cada vez nos conocemos menos.
Tal vez recuperar nuestras relaciones no consista en hablar más, consista en volver a estar realmente presentes cuando alguien nos habla.
En atrevernos a preguntar «¿cómo estás?» y tener tiempo para escuchar la respuesta.
En dejar de defendernos antes de sentirnos atacados.
En sustituir el juicio por curiosidad.
Quizá la distancia entre dos personas no empieza cuando dejan de hablar.
Empieza mucho antes: cuando dejan de sentirse escuchadas.
¿Cuánto tiempo hace que no tienes una conversación realmente profunda con alguien que quieres?