¿Te pasa que no sabes explicar qué pasa?

blog image

A veces no necesitamos más herramientas, sino más claridad.

Nadie le gritó. Nadie la atacó. Nadie fue “malo”. Y aun así, Marta se fue a casa con un nudo en el estómago. Una frase. Un gesto. Un tono. Eso fue suficiente para que su día se torciera. Lo curioso es que, si le preguntabas qué había pasado, no sabía explicarlo con hechos. Solo con sensaciones. —“Es que siempre me hacen sentir así.” —“Es que ya sé por dónde va.” —“Es que no es lo que dijo… fue cómo lo dijo.” Marta no tenía un problema con los demás. Tenía un problema con lo que su mente hacía antes de que pudiera elegir cómo responder. Como tú. Como yo. Como cualquiera que alguna vez se haya llevado algo que ha pasado o se ha dicho a lo “personal”. Durante años creyó que el autocontrol era aguantar. Que madurar era callarse. Que crecer era tolerar… aunque por dentro estuviera en guerra. Hasta que entendió algo incómodo: no reaccionaba a la realidad, reaccionaba a la interpretación que hacía de ella. Y cuando eso se ve, ya no puedes dejar de verlo. Hoy Marta sigue recibiendo frases ambiguas. Sigue habiendo gestos raros alrededor suyo. Sigue habiendo personas difíciles. La diferencia es que ya no se pierde dentro de eso. No porque haya cambiado el mundo. Sino porque aprendió a plegar su percepción antes de responder. Ese aprendizaje no es motivación. No es positivismo. No es pensamiento mágico. Es un proceso. Se llama Proceso Origami. Y empieza justo donde tú sueles reaccionar sin darte cuenta. Si algo de este texto te ha incomodado… Si te has reconocido más de lo que te gustaría… Si sientes que hay otra forma de vivir sin tomarte todo como algo personal… Entonces probablemente quieras saber más.