CUANDO TU MENTE TE MIENTE

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La mente no busca verdades tan sólo busca respuestas

¿Y si algunas de las cosas que más firmemente crees sobre ti no fueran verdad?

 

Hay algo fascinante en nuestra mente: no necesita conocer la realidad para construir una explicación que nos resulte convincente.

 

Cuando algo ocurre, nuestro cerebro busca rápidamente un significado y si no tiene todos los datos, los completa.

 

Por eso podemos pensar:

·      No me ha llamado porque está enfadado conmigo...

·      Seguro que no le gusto...

·      Yo soy así…

·      Nunca voy a cambiar…

·      Lo hice porque no tenía otra opción...

 

Lo curioso es que muchas veces no sentimos que estamos imaginando, sentimos que estamos viendo la realidad y ahí aparece una de las grandes trampas de la mente: confundir una interpretación con un hecho.

 

Pongamos un ejemplo

 

Imagina que alguien pasa a tu lado y no te saluda, el hecho es sencillo: no te ha saludado, pero en cuestión de segundos nuestra mente puede fabricar toda una película:

·      Está enfadado conmigo…

·      He debido hacer algo…

·      Ya no le caigo bien…

 

Lo hacemos tan rápido que ni siquiera somos conscientes de que acabamos de añadir información que nunca estuvo allí.

 

Nuestra mente es extraordinariamente buena construyendo historias que encajen con lo que ya creemos.

 

Si pensamos que no somos suficientemente buenos, encontraremos pruebas de ello.

 

Si creemos que los demás siempre nos decepcionan, veremos decepciones por todas partes.

 

Si creemos que «yo soy así», cualquier comportamiento que confirme esa identidad se convierte en una prueba.

 

Pero hay una pregunta incómoda:

 

¿Cuántas de las cosas que pensamos son realmente observaciones y cuántas son interpretaciones?

 

Quizá madurar no consiste únicamente en aprender más.

 

Quizá también consiste en aprender a dudar de algunas de las historias que nuestra propia mente nos cuenta.

 

Porque la mente puede ser una herramienta extraordinaria para comprender el mundo, pero también puede convertirse en una excelente narradora de ficción y lo más peligroso de esa ficción es que, cuando está bien contada, nos la creemos.

 

La próxima vez que tengas una certeza absoluta sobre alguien, sobre una situación o incluso sobre ti mismo, prueba algo muy sencillo:

 

«¿Esto es lo que sé o es lo que mi mente ha interpretado?»

 

Tal vez esa pequeña pregunta cambie mucho más de lo que imaginas.

 

¿Cuántas veces has descubierto que aquello que dabas por cierto solo era una historia que te habías contado?