La inseguridad de querer controlar

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Querer controlar para reducir incertidumbre añade inseguridad


Existe una paradoja que acompaña a muchas personas durante gran parte de su vida: cuanto más intentan controlar lo que ocurre, más inseguras se sienten.

 

A primera vista parece lógico querer controlar. Pensamos que, si anticipamos cada problema, evitamos cada error y calculamos cada paso, estaremos más protegidos, sin embargo, la vida rara vez sigue el guion que escribimos para ella.

 

El control nace, muchas veces, de una buena intención: reducir la incertidumbre. pero, poco a poco, puede convertirse en una prisión silenciosa porque el problema no es organizar, planificar o ser responsable, el problema aparece cuando confundimos preparación con garantía.

 

Hay una diferencia esencial entre influir y controlar.

 

Podemos influir en nuestras decisiones, en nuestra actitud y en el esfuerzo que ponemos en cada acción. Pero no podemos controlar cómo reaccionarán los demás, qué oportunidades aparecerán o qué imprevistos surgirán mañana.

 

Cuando olvidamos esta diferencia, comenzamos a luchar contra la realidad y esa es una batalla imposible de ganar.

 

El sufrimiento no siempre proviene de lo que sucede, sino de la distancia entre lo que sucede y lo que insistimos en que debería suceder.

 

Quien necesita controlar constantemente suele vivir pendiente de confirmar que todo está bajo control: revisa, anticipa, corrige, vigila y vuelve a comprobar. La cuestión es que, sin darse cuenta, cambia la tranquilidad por una vigilancia permanente. Lo curioso es que, con este comportamiento, cuanto más intenta eliminar la incertidumbre, más sensible se vuelve a ella. 

Cada imprevisto deja de ser un acontecimiento normal para convertirse en una amenaza.

 

La vida, sin embargo, nunca ha prometido ser predecible.

 

Un árbol no controla el viento, un marinero no controla el mar. Ambos aprenden a adaptarse.

Esa capacidad de respuesta es mucho más poderosa que cualquier intento de dominar lo incontrolable.

 

Aceptar que no podemos controlarlo todo no significa vivir con indiferencia, significa emplear nuestra energía donde realmente tiene efecto.

 

Quizá la serenidad no nazca de conseguir que el mundo haga exactamente lo que esperamos, sino de descubrir que somos capaces de responder incluso cuando no lo hace.

 

Porque el verdadero control no consiste en dirigir todo lo que ocurre a nuestro alrededor.

 

Consiste en dejar de necesitar que todo ocurra como habíamos imaginado para poder vivir en paz.