Cuando te angustia seguir angustiándote
Hay algo más agotador que la ansiedad:
Enfadarte contigo por tener ansiedad.
Es un fenómeno curioso. Primero aparece el miedo, la preocupación o la anticipación, pero poco después, surge una segunda voz mucho más dura:
· “Otra vez.”
· “No he aprendido nada.”
· “Con todo lo que he trabajado en mí, sigo igual.”
Sin darte cuenta, ya no solo estás luchando contra el pensamiento que inició la ansiedad, ahora también luchas contra ti mismo, y esa segunda batalla suele ser mucho más intensa que la primera.
Es algo común en personas que se han estado observando y estudiando después de un primer estado ansioso, o que han realizado trabajos de crecimiento personal.
Lo paradójico es que la frustración nace de una expectativa aparentemente positiva: la de creer que, si haces un trabajo personal, algún día dejarás de sentir ansiedad.
Pero esa expectativa es una trampa, porque convierte cualquier recaída en una prueba de que has fracasado.
La mente interpreta: “Si todavía me pasa, es que no estoy avanzando” y eso no es cierto.
Imagina que estás aprendiendo un idioma. Todos comenzamos aprendiendo las palabras básicas para después ir encadenándolas en frases, has avanzado y durante meses traduces mentalmente cada frase antes de hablar. Un día, vuelves a la necesidad de tener que traducir una palabra. ¿Significa eso que no has aprendido nada? Evidentemente no. Significa que tu cerebro sigue recurriendo, de vez en cuando, al camino que conoce mejor.
Con las emociones sucede exactamente lo mismo.
Los automatismos no desaparecen porque los descubres, permanecen durante un tiempo, como los surcos que deja un camino muy transitado. Aunque decidas caminar por otro sendero, el antiguo seguirá estando ahí, la diferencia es que cada vez lo recorrerás menos.
Sin embargo, la frustración tiene un efecto inesperado.
Cada vez que te juzgas por sentir ansiedad, envías un mensaje a tu cerebro: “Esto es peligroso. Hay que solucionarlo cuanto antes”, y el cerebro, obediente, hace justo lo contrario de lo que deseas, EMPIEZA A VIGILAR TODAVÍA MÁS.
· Escanea el cuerpo buscando señales.
· Analiza cada pensamiento.
· Se pregunta constantemente si ya estás bien.
Y cuanto más busca, más encuentra.
Es como intentar comprobar cada minuto si ya te has quedado dormido. Esa necesidad de verificar te mantiene despierto.
Con la ansiedad ocurre igual.
No es solo el miedo lo que la mantiene viva, también lo hace la exigencia de no sentirla.
Quizá el verdadero cambio comienza el día que sustituyes una pregunta por otra.
En lugar de preguntarte, por qué sigo cayendo, pregúntate: ¿Cómo me estoy tratando cuando caigo?
Ahí suele estar la diferencia entre quien queda atrapado y quien empieza a salir.
No es que una persona no recaiga y la otra sí, las dos recaen. La diferencia es que una convierte la recaída en una condena, mientras la otra la convierte en información.
· Una se dice: “He vuelto al punto de partida.”
· La otra piensa: “Ya sé reconocer el camino, ahora puedo volver a salir.”
Y eso cambia todo.
La libertad emocional no consiste en no tropezar nunca más, consiste en dejar de convertir cada tropiezo en una sentencia contra uno mismo.
Porque, al final, la ansiedad casi siempre llama a la puerta. El sufrimiento añadido aparece cuando, además de abrírsela, la invitas a quedarse a vivir.