Motivarme para conseguir cambios

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Cuando cambiar parece una buena idea… pero nunca es el momento

Cambiar suena bien.

En teoría.

 

Cambiar hábitos, formas de comunicar, dinámicas de trabajo, maneras de reaccionar, culturas internas, decisiones que se postergan desde hace tiempo.

 

Todo eso suele estar claro desde hace mucho. Lo curioso es que, aun viéndolo claro, el cambio no ocurre. No porque no se quiera, sino porque algo siempre se interpone. Es el desgaste silencioso de seguir igual.

 

A nivel personal, el desgaste aparece como repetición:

                              las mismas discusiones

                              las mismas reacciones automáticas

                              las mismas promesas internas de “la próxima vez”

 

En el ámbito profesional, toma otra forma:

                                 equipos que funcionan, pero sin compromiso

                                 decisiones que se retrasan “para pensarlas mejor”

                                 reuniones que no transforman nada

                                 cambios que se anuncian… y se diluyen

 

Y en las empresas, el síntoma es aún más sutil:

                                 estructuras que sostienen lo que ya no funciona

                                 culturas que nadie cuestiona, pero todos padecen

                                 personas válidas desmotivadas sin saber exactamente por qué

 

Nada explota. Nada se rompe del todo pero algo se apaga poco a poco.

 

La respuesta habitual suele ser empujar:

                                 más normas

                                 más control

                                 más presión

                                 más motivación forzada

 

En lo personal: exigirse más.

 

En lo profesional: pedir más implicación.

 

En lo empresarial: implementar más procesos.

 

Y, sin embargo, el resultado suele ser el contrario:

                                 más resistencia

                                 más pasividad

                                 más distancia

                                 más desgaste emocional

 

Porque el cambio impuesto rara vez transforma, solo tensa.

 

Hay un punto común en todos estos contextos —persona, equipo, empresa— y casi nunca se observa:

 

No es falta de capacidad para cambiar, sino una forma de interpretar lo que ocurre.

 

Interpretamos:

                                 los errores

                                 los conflictos

                                 las decisiones

                                 las reacciones de otros

                                 los límites

 

Y desde esa interpretación actuamos… o no actuamos.

 

Ahí es donde el cambio se atasca.

No en la acción, sino antes.

 

Los cambios reales no suelen empezar con grandes decisiones, sino con un giro interno:

                                 en cómo se entiende lo que pasa

                                 en cómo se lee el comportamiento propio y ajeno

                                 en cómo se relaciona uno con la incertidumbre

 

Cuando eso se ordena, las conductas cambian sin violencia.

Las decisiones se toman con menos ruido.

La motivación deja de depender del empuje externo.

 

Y lo más importante:

el cambio deja de sentirse como una amenaza.

 

Un espacio para mirar donde no solemos mirar

 

Todo esto —en lo personal, en lo profesional y en lo organizacional— tiene un punto de entrada común. Uno que no suele abordarse porque no es inmediato, ni espectacular, ni vende promesas rápidas.

 

Es un trabajo de comprensión, de lectura fina de la realidad, de detectar qué está bloqueando el movimiento antes de intentar forzarlo.

 

Ese enfoque es el que se abordará en el taller: Sin recetas universales; Sin fórmulas mágicas; Sin spoilers.

 

Solo la base necesaria para que el cambio, cuando llegue, no sea una imposición, sino una consecuencia.

 

Porque el verdadero problema no es cambiar.

Es seguir intentando cambiar desde el mismo lugar de siempre.

 

Y eso, también, se puede aprender a mirar distinto.